El martes día 30 de marzo nos levantamos muy temprano para aprovechar el día y porque tenemos que coger un shinkansen (tren bala) hasta Kyoto. El tren sale a las 7.03 h, con lo que poco después de las 6.00 h salimos del hotel para coger el metro.

El día antes hablamos con la gente del hotel y muy amablemente muestran absoluta disposición a quedarse nuestras maletas grandes hasta que regresemos el viernes a Tokyo. Esto es un gran alivio porque así vamos mucho más ligeros y no tenemos que estar transportando las pesadas maletas hasta Kyoto y Hiroshima y luego de vuelta a Tokyo. Nos llevamos lo necesario en maletas pequeñas y mochilas y partimos.

Cuando subimos al shinkansen (por primera vez, recordemos) la sensación es impresionante: el tren es novísimo, los asientos cómodos y espaciosos y tiene gran cantidad de servicios dentro: máquinas de refrescos, aseos, vagones para no fumadores... ¡y se puede comer! Como no estaba muy seguro pregunté antes de subir, pero una vez arriba hay bandejas y todo en los asientos para poder comer tranquilamente, algo que, por supuesto, decido aprovechar con un buen obento (en este caso, tonkatsu) comprado previamente en la estación.


Obento todavía cerrado sobre la bandeja del asiento delantero de un shinkansen Hikari.



Obento ya abierto, listo para ser comido de manera inminente. ¡Qué rico!

El viaje Tokyo - Kyoto en shinkansen Hikari dura algo más de 2 horas y media (el nuestro, en concreto, 165 minutos), mientras que en un tren normal el mismo trayecto equivale a 6 horas. El viaje se pasa muy rápido, los asientos son muy cómodos y es sorprendente la estabilidad del tren a una velocidad tan alta. Un poquito de contemplar el paisaje, otro poquito de jugar a la Nintendo DS y llegamos a Kyoto.

En la estación nos encontramos con más tiendas de alimentación y de dulces, compramos algunas cosas de comer rápidamente y nos disponemos a salir de la estación para llegar a nuestro hotel, que está a 5 minutos de la estación andando, quizás menos, al lado de la torre de Kyoto.


Tienda de obento en la estación de Kyoto.

La estación tiene varias salidas y como no tenemos muy claro cuál es la de la torre de Kyoto, nos disponemos a preguntar. Yo no me di cuenta pero se me cayó una de las hojas de la ruta al suelo. Al parecer, la encontró una japonesa que pasaba por allí y empezó a preguntar a gente para ver si era suya, hasta que, finalmente, dio con nosotros. Una muestra más de la diligencia, disposición y amabilidad de los japoneses.

Mientras una mujer japonesa intenta explicarme en perfecto japonés cuál es la salida hacia la torre de Kyoto, aparece un hombre mayor, de unos 70 años, con el pelo blanco y un pin con la bandera de Canadá, y se ofrece amablemente a guiarnos hasta el hotel. Es un guía voluntario, que se dedica a orientar a los turistas e incluso a acompañarles por la ciudad en su ruta, ayudándoles y guiándoles, de manera gratuita y altruista. A nosotros nos lleva directamente al hotel hablando de varios temas, entra con nosotros, nos presenta, y se marcha.

Por si a alguien le interesa, este mismo servicio existe en Tokyo, y se pueden buscar guías voluntarios de diferentes idiomas a través de la web Tokyo Free Guide. El servicio en sí es gratuito y lo único que tendréis que cubrir son los gastos propios del viaje que hagáis, como desplazamientos del guía, etc. En mi caso, preferí hacer la planificación por mi cuenta y descubrir las cosas por libre, pero es una excelente opción para alguna excursión más puntual.

El hotel en el que nos alojamos es un ryokan tradicional bastante lujoso. Su nombre es Hotel Sanoya y el alojamiento nos sale por unos 80 € ó 90 € por persona y noche, desayuno incluido. Los desayunos japoneses son bastante abundantes, así que los dos días que estamos en él disfrutamos bastante de ellos. El hotel es muy lujoso y confortable, la localización inmejorable y el trato es excelente. Nos prestan atención al detalle e incluso adelantan la hora del desayuno para que podamos cumplir con nuestra planificación. La chica con la que hablé en recepción resultó tener un dominio del inglés bastante bueno, por lo que fue muy agradable tratar con ella. Al día siguiente, en el desayuno, tendremos ocasión de hablar un poco más, pero todo a su debido tiempo.

Como todavía no es la hora de entrada, se quedan las maletas pequeñas en el hotel y nosotros decidimos empezar con nuestra planificación. No volveremos al hotel hasta la noche, pero ellos se encargarán oportunamente de subir las maletas a nuestra habitación cuando esté lista.

Hoy toca el centro y el oeste de Kyoto, y mañana el este. Empezamos por el cercano y precioso templo budista Higashi Hongan-ji.


Exterior de Higashi Hongan-ji.

Lo primero que nos impresiona es su extensión y su integración en la ciudad. Edificios, carreteras, coches, semáforos... y el templo. Este templo budista está emparejado con otro cercano, Nishi Hongan-ji, ya que en otro tiempo fueron un solo templo.


Exterior de Higashi Hongan-ji.


Exterior de Higashi Hongan-ji


Detalle del tejado de Higashi Hongan-ji


Vista desde uno de los puentes de Higashi Hongan-ji con la torre de Kyoto al fondo.

Higashi Hongan-ji es un espacio bastante amplio que se compone de varios patios y edificios. La entrada es gratuita. Tras caminar un poco por el patio, nos dirigimos al edificio central donde tenemos ocasión de presenciar el final de una ceremonia budista. Para entrar al templo en sí y pisar el suelo de madera hay que descalzarse previamente. Esto es algo que haremos muchas veces, en todos los templos, pero no pasa nada porque se puede dejar el calzado fuera sin ningún miedo. Eso sí, con el tiempo se nota que cansa mucho más andar descalzo.


Una de las entradas al templo, vista desde dentro.


Vista lateral de la entrada con la torre de Kyoto al fondo.


Caminamos un buen rato por el interior del templo, donde no está permitido hacer fotografías (lo cual es una pena, porque el interior de los templos es una maravilla). Nos arrodillamos ante el altar central y realizamos alguna humilde ofrenda con el deseo de que los dioses escuchen nuestras esperanzas y anhelos.


Otra de las salas de Higashi Hongan-ji.

Antes de dejar el templo, nos disponemos a comer. Para encontrar un lugar adecuado me acerco a una chica allí parada y le pregunto en un rudimentario japonés. Ella no entiende inglés pero se desvive por hacerme entender que justo en el edificio que tenemos al lado se puede comer. No contenta con ello, entra conmigo (dejando al que parecía su padre fuera) y me muestra unas mesitas colocadas en el suelo (dentro de la sala, en la que hay niños y más gente). Se va, pero no tardará en volver para explicarme que afuera hay unas máquinas con bebidas por si queremos tomar algo. Finalmente, se va con una gran sonrisa y una cierta expresión de querer ayudarme todavía en más cosas.

Así pues, con un poco de inquietud, nos sentamos en la susodicha mesa, donde me dispongo a sacar otra ración de obento que oportunamente adquirí en la estación de Kyoto a nuestra llegada. Nosotros, unos turistas que acaban de llegar a Kyoto y pasan a ver el templo, estamos ahí sentados en una sala que no sabemos muy bien qué es y comiendo tranquilamente, descalzos, rodeados de niños, justo después de ver un templo budista (todavía dentro de él) y habiendo sido guiados por alguien con quien no compartes ningún idioma, pero que no perdió la sonrisa ni un segundo. ¿Puede alguien sentir miedo a perderse en un lugar así?


Vista del exterior de Higashi Hongan-ji con sus puentes.

Tras salir del templo, nos dirigimos a una pequeña plaza que está justo enfrente. Hay una fuente con forma de flor de loto en el centro y muchos cerezos, algunos de ellos ya con flores realmente bonitas.


Fuente con forma de flor de loto al lado de Higashi Hongan-ji, en Kyoto.


Flores de sakura en Kyoto, cerca de Higashi Hongan-ji.



Detalle de flores de sakura en Kyoto, cerca de Higashi Hongan-ji.

En Japón, para decir que el semáforo nos permite pasar se dice que se ha puesto "azul" (ao, aoi), en lugar de verde. Esto es principalmente porque antiguamente, muy antiguamente, el término "aio" se usaba en japonés para referirse tanto al azul como al verde, indistintamente. Después se creó una denominación para el verde (midori), quedando "aio" para el azul (aunque también se usa todavía para referirse al verde en algunas situaciones). Hoy en día podemos encontrar en Japón semáforos bastante azulados, como el de la imagen siguiente que tomé desde la mencionada plaza en Kyoto.


Semáforo azul en Kyoto.

Condicionados nuevamente por el limitado horario de apertura de los templos, nos alejamos del jardín Shosei-en, con intención de visitarlo por la noche si da tiempo, en dirección al castillo de Nijo. Por el camino, pasamos por al lado de Nishi Hongan-ji, que está realmente muy cerca de Higashi Hongan-ji, y también con encontramos con un simpático tanuki (y con un gato tirado en el suelo durmiendo).


Exterior de Nishi Hongan-ji.


Interior de Nishi Hongan-ji desde fuera.



Tanuki en la entrada de una tienda.



Vista del templo.

Andamos bastante por una de las avenidas principales de Kyoto. En el camino, encuentro unas llaves curiosamente colgadas de una ramita de un árbol situado en la acera. No sé muy bien qué hacer ante la situación, supongo que dejarlas ahí sería lo más lógico. Estoy un rato pensando y observándolas, intentando deducir si puede significar algo o qué llevaría a una persona a dejar las llaves ahí. Si tiene un sentido más profundo es algo que desconozco, pero me cuesta creer que las cosas ocurren de manera simplemente fortuita. Cojo las llaves, paso a un hotel bastante lujoso que hay justo detrás y le comento el caso a la recepcionista esperando que su reacción me indique si es algo habitual o realmente es tan peculiar como parece. Muy amable, si bien extrañada, me indica que si quiero se las puedo dejar y ella se encargará de llevarlas a la policía. Cosa que hago antes de seguir el camino hacia el castillo de Nijo.


Vista desde un puente del cruce de una de las avenidas principales de Kyoto.


Vista desde un puente de una de las avenidas principales de Kyoto.

Al fin, tras un largo camino, llegamos al precioso castillo de Nijo. Me sorprendió lo bonito que es y también la amplitud de sus jardines interiores (en total el castillo tiene 275.000 metros cuadrados). Por supuesto, como gran cantidad de templos y castillos de Japón, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Como estamos en pleno hanami, el interior está lleno de algunos fuegos artificiales listos para ser lanzados por la noche, cuando, además, el castillo se ilumina de una manera espectacular para celebrar tan preciadas fechas primaverales (incluso había abundantes carteles por la ciudad anunciándolo).


El imponente castillo de Nijo desde el exterior.



Vista lateral del foso desde el puente a la entrada del castillo.

La entrada cuesta 600 ¥ y el horario de visita es de 8.45 h a 17.00 h. Una vez dentro, lo primero que vemos es un plano general del interior de la fortaleza, los diferentes caminos y los jardines, muy útil para orientarnos y no perdernos nada en la visita.



Mapa del interior del castillo de Nijo, en Kyoto (la entrada, abajo a la izquierda).

La ruta que seguimos nosotros fue empezar por la izquierda y subir todo el camino hasta llegar al final (donde, por cierto, están los servicios). Después, cruzamos el puente central para entrar en el islote superior y fuimos bajando a través de los jardines del castillo. Finalmente, echamos un vistazo rápido a la parte de la derecha, porque no teníamos más tiempo o nos perderíamos Kinkaku-ji.



Interior del castillo de Nijo.


Interior del castillo de Nijo: puerta principal del palacio Ninomaru.


Interior del castillo de Nijo, con los fuegos artificiales preparados para la noche.

Foso del interior del castillo de Nijo, tomada desde un lateral.

Foso del nterior del castillo de Nijo, tomada desde el puente (izquierda).

Foso del nterior del castillo de Nijo, tomada desde el puente (derecha).

El palacio Honmaru en el interior del castillo Nijo.


Vista superior del foso trasero.


Vista superior del foso lateral.

Puente trasero del interior del castillo.

Detalle del puente trasero del interior del castillo.

Pequeño jardín en la parte trasera, junto a las construcciones.

Misteriosa escalera al lado de otra escalera.

Vista izquierda del foso desde el puente.

Vista derecha del foso desde el puente.

Señales orientativas dentro del castillo para que no nos perdamos.

Foso del castillo.

El castillo de Nijo es un lugar realmente precioso que merece mucho la pena visitar. En muchas ocasiones durante mi estancia en Japón, me ha abordado un sentimiento muy intenso, y el castillo de Nijo fue el primer lugar donde me sentí así.

Paseando por los preciosos jardines del castillo, o de algunos templos, o por algunos parques... uno tiene la sensación de estar viviendo una fantasía real. Sólo pensar que alguien tiene esto a 20 minutos de su casa, que puede ir ahí cualquier día a pasar la tarde, a dar un paseo tranquilo, a leer, a escribir, a escuchar, a sentir... Junto a los estanques, frente a las cascadas, entre los cerezos, con ese sentimiento de ser uno con el mundo... No uno por encima del mundo, ni uno poseyendo al mundo, simplemente uno con la naturaleza, en paz y armonía. Es un verdadero privilegio, un lujo.


El precioso e inspirador jardín de Ninomaru, con su estanque.


Detalle del estanque del jardín de Ninomaru.


El precioso e inspirador jardín de Ninomaru, con su estanque.


El precioso e inspirador jardín de Ninomaru, con su estanque.


El precioso e inspirador jardín de Ninomaru, con su estanque.

En el estanque hay tres pequeñas islas; la del centro se llama Horai-jima, la Isla de la Eterna Felicidad.

Tras disfrutar inmensamente del sentimiento descrito anteriormente y deleitarme con el precioso jardín del palacio Ninomaru y su estanque, debemos proseguir la marcha si queremos que nos dé tiempo a ver Kinkaku-ji. La planificación del día siguiente es bastante ajustada y Kinkaku-ji no se puede quedar sin visitar. Por supuesto, todo esto sería menos problema si no cerrase a las 17.00 h.


Dos grandes campanas de camino a la salida del castillo.


Interior del castillo de Nijo.

El camino desde el castillo de Nijo hasta el templo Kinkaku-ji es bastante largo y, dada la hora que es, es imposible llegar hasta él andando antes de que cierren. Por ello, decidimos coger un taxi en la misma puerta del castillo. En general, tanto en Tokyo como en Kyoto, es tremendamente difícil que tengas que esperar más de 20 segundos para coger un taxi. Normalmente miras y en menos de 5 segundos ves pasar varios. La abundancia de taxis es impresionante, en su inmensa mayoría conducidos por gente mayor, normalmente por encima de los 80 años (al menos los que nos llevaron a nosotros). Además, al menos en Kyoto, no salen demasiado caros entre varias personas y para este tipo de trayectos merecen la pena.

Gracias al taxi conseguimos llegar a tiempo para disfrutar de la grandiosa belleza de Kinkaku-ji, el Templo del Pabellón Dorado. La entrada cuesta 400 ¥ y el templo abre al público de 9.00 h a 17.00 h (recordad que lo normal es que media hora antes de cerrar ya no dejen entrar a nadie a los templos, jardines, museos, etc.).


Kinkaku-ji, el Templo del Pabellón Dorado.

Ahí lo tenemos, en el centro del estanque y rodeado por unos bonitos jardines. Kinkaku-ji fue construido originariamente en 1397 y, por supuesto, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Es realmente bello y puedes estar contemplándolo un buen rato disfrutando de lo que transmite. Nos hacemos unas fotos y permanecemos ahí observándolo entre la gran afluencia de gente que pasa para hacerse la clásica foto. Después damos un paseo a su alrededor para ver los jardines, contemplarlo por detrás y más de cerca y, en definitiva, explorar la zona.



Kinkaku-ji visto desde atrás.


Kinkaku-ji visto desde atrás.

Integrada en los jardines encontramos repentinamente una cascada. Más adelante, vamos encontrando lugares repletos de monedas que la gente lanza desde el camino. El objetivo es colar la moneda en un pequeño cuenco aunque, a la vista del resplandor de la hierba, no muchos lo consiguen.


Cascada en los jardines de Kinkaku-ji, Kyoto.


Pequeño cuenco rodeado de monedas que la gente intenta colar en él.


Kinkaku-ji.


Pequeña isla en un estanque de los jardines de Kinkaku-ji.

Tras completar el rodeo al templo y sus jardines, nos disponemos a salir. Conforme nos dirigimos a la salida nos encontramos con una casa de té dentro de los jardines. No perdemos la ocasión y nos adentramos en la misma para disfrutar de un estupendo té en un lugar tan lleno de paz. En el camino vemos un gran surtido de tentadores dulces dispuestos en los escaparates.


Vistas desde dentro de la casa de té en Kinkaku-ji.


Fuente a la salida de la casa de té de Kinkaku-ji.

Tras terminar el té, y antes de marcharnos del lugar, nos encontramos con las tiendas de recuerdos, donde aprovecho para comprar unos preciosos palillos japoneses así como unos marca páginas con diseños del templo.

Una vez fuera del templo encontramos más tiendas por las calles cercanas con variedad de camisetas, gorras, sombreros y otros recuerdos. Echamos un vistazo y encontramos varias cosas interesantes. Más concretamente, me llevé unos pequeños y sonrientes peluches-llavero de arándano, de nabo y de helado de té.

No podemos visitar Ryoan-ji ni Tenryu-ji porque ya están cerrados, así que habrá que regresar en otro viaje. Con ello, nuestro próximo destino es Arashiyama.


Torii en las calles de Kyoto.

Arashiyama está al oeste de Kyoto, a las afueras, y se puede llegar fácilmente cogiendo el tranvía. Cuando llegamos, el tren nos deja en un lugar repleto de tiendas de dulces, helados, golosinas y galletas variadas.

Echamos a andar y muy pronto nos dirigimos hacia el bosque de bambú. Dado que ya ha anochecido, la visita al bosque va a ser especialmente misteriosa.


Pequeñas estatuas de piedra en Arashiyama, de camino al bosque de bambú.

No tenemos que caminar mucho para llegar al bosque de bambú; en apenas 5 minutos estamos allí, listos para adentrarnos en sus caminos a pesar de la oscuridad.


Bosque de bambú de Arashiyama de noche.

Es un lugar muy bonito y recomendable para visitar y creo que tanto de día como de noche tiene mucho encanto, aunque de maneras diferentes. Nos adentramos bastante y pasamos la mayor parte del tiempo solos, sin nadie alrededor. Se puede apreciar el silencio y la inmensidad de la noche. En mitad nos encontramos unas vías por las que periódicamente cruza el tranvía, con su correspondiente paso a nivel. Más adelante encontramos una zona con casas donde, supongo, vive gente (dentro del bosque), con flores de sakura en las paredes.


Detalle de una trifuerza dentro del bosque de bambú de Arashiyama.


Pequeños altares dentro del bosque.


Bosque de bambú de Arashiyama de noche.


Flores de sakura en una casa del bambú de Arashiyama.

Después de un rato paseando por el bosque, decidimos regresar, pues hay un largo camino hasta el hotel y todavía tenemos que cenar.


Pequeña estatua de piedra en Arashiyama de vuelta del bosque de bambú.

Al llegar de nuevo a la estación de Arashiyama, nos volvemos a encontrar con dos chicas con las que hemos coincidido previamente en el vagón del tranvía por la tarde y también en la estación. Ahora, las encontramos por tercera vez y les preguntamos por segunda vez, en este caso para saber los horarios y líneas de autobuses para llegar hasta la lejana torre de Kyoto.

En los autobuses pagas dependiendo dependiendo del lugar a donde vayas (cuánto más lejos, más pagas, obviamente). Un trayecto de unos 10 ó 15 minutos en Kyoto salir por unos 200 ¥ por persona (el nuestro es más largo y cuesta más, porque tenemos que cambiar de autobús y línea), así que lo mejor es pensar, en función de la gente que seamos, si merece la pena coger un taxi en su lugar por ese mismo dinero.


Fotografía desde el autobús de un simpático personaje en el vehículo adyacente.

Finalmente, llegamos al hotel a dejar las mochilas y bolsas con todo lo que hemos comprado antes de salir a cenar por los alrededores. El jardín Shosei-en tendrá que esperar al siguiente viaje, junto con los templos Ryoan-ji y Tenryu-ji.

Nada más subir a la habitación, llega una chica y nos sirve el té y unas pastas, nos explica un poco donde está cada cosa, nos enseña los yukatas y nos pregunta si queremos que nos prepare los futones para cuando volvamos. Le decimos que sí, por favor, y que muchas gracias. Nos tomamos el té y las pastas, dejamos las cosas y nos vamos a buscar un sitio donde cenar.


La mesita (a la altura del suelo) de la habitación del hotel con el té y las toallitas para lavarnos las manos.

Tras la experiencia de la cena del día anterior, la de hoy no va a ser menos. Andamos un rato buscando restaurantes, pero ya es un poco tarde y no hay demasiado donde elegir por la zona a la que nos hemos movido, además de que en muchos sitios la carta no está en inglés y tampoco hablan inglés. Mientras caminamos, vemos pasar varias veces a chicas bien vestidas y arregladas, como si fueran a algún tipo de fiesta, a pesar de que es martes.

Finalmente, decidimos entrar en un restaurante donde el chico, a pesar de no saber casi nada de inglés (el casi es importante, porque al menos lo más básico, lo tremendamente básico, lo entiende) y que dice que se esforzará por intentar explicarnos las cosas. Y así lo hace. Se esfuerza. Aunque casi todas las veces acaba con un "esto es... no sé cómo explicarlo", y pasa al siguiente plato. Además, no es un restaurante japonés. Sí, lo llevan japoneses, pero no es de comida japonesa. El restaurante es bastante íntimo ya que hay un pasillo y a los lados están las mesas en habitaciones individuales con tatami a las que se entra descalzo. En las mesas circundantes hay de todo (las vemos mientras pasamos por el pasillo por pequeños huecos que hay entre las puertas correderas y las cortinas): parejas, parejas de amigas, incluso cenas que parecen de empresa con lo típicos hombres trajeados acompañados de chicas. En cada mesa hay un pulsador con el que puedes solicitar atención del camarero. Lo pulsas, se enciende una luz en el pasillo al lado de tu mesa y el camarero se acerca. Sí, lo descubrimos por ensayo.

Decido pedirme una pasta carbonara, bastante rica aunque no demasiado abundante. Uno de mis compañeros decide ir a la página de carne de la carta y señalar un plato al azar, dado que las explicaciones del chico que nos atiende no aclaran mucho. Aun así, bravo por él y por el valor que tuvo de afrontar una situación tan difícil e intentar atendernos y explicarnos las cosas de la mejor manera posible y con la mayor amabilidad.

No tardamos mucho en regresar al hotel pues al día siguiente también tenemos que madrugar mucho para aprovechar el día que, dicho sea de paso, va a ser de los más largos e intensos.


Detalle de la habitación del hotel.

Cuando llegamos nuevamente al hotel, nos encontramos con los futones preparados para dormir en ellos. Nos tomamos un té, nos podemos los yukatas y a descansar para el día siguiente.

Después de todo lo visto y vivido en este día y en el siguiente, es fácil pensar que Kyoto es, probablemente, una de las ciudades más hermosas del mundo.

13 de mayo de 2010

Comments (1)

On 14 de mayo de 2010, 16:35 , Kitiara dijo...

Pero que preciosidad!!!!Quiero ir!!!:(:(...
Las fotos son genial y las explicaciones tb jajaja, que chulos los obentoS!!!Yo quierooo T.T

Sigue :D:D
Un besito