Voy a extender el paréntesis hasta la siguiente entrada del viaje para traer un artículo muy interesante que encontré recientemente.

A pesar de que sin necesidad de profundizar mucho resulta evidente que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron totalmente innecesarias, terroríficas e inhumanas, la recopilación de datos que aparece en este artículo, especialmente hacia el final con testimonios de algunos de los implicados más directos, aporta un buen añadido de claridad al asunto.

Es por ello que me puse en contacto con Mark Weber, del Instituto para la Revisión Histórica en Estados Unidos, con la intención de realizar la traducción del mismo para que fuera accesible a más personas. Le impresionó el esfuerzo y accedió muy amablemente, por lo que desde aquí le envío mi agradecimiento. Ha realizado una intensa labor de documentación y recopilación y creo que es importante extenderlo para arrojar luz a un acto tan cruel y a una mentira que todavía hoy tanta gente sigue creyendo sin molestarse en indagar en el asunto.



Sin más, os dejo con el artículo traducido a continuación. Si vuestro interés se extiende, podéis encontrar algunos documentos clasificados como alto secreto expuestos en el Museo de la Paz en ésta entrada sobre mi primera visita a Hiroshima.

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¿Fue Hiroshima necesario?

Por qué los bombardeos atómicos se podrían haber evitado.

Por Mark Weber (traducción por Jesús Díez).

El 6 de agosto de 1945 el mundo entró dramáticamente en la era atómica: sin aviso ni precedente, un avión estadounidense dejó caer una bomba nuclear en la ciudad japonesa de Hiroshima. La explosión destruyó completamente más de diez kilómetros cuadrados del centro de la ciudad. Alrededor de 90.000 personas fueron asesinadas inmediatamente; otras 40.000 fueron heridas, muchas de las cuales murieron en prolongada agonía, enfermos a causa de la radiación. Tres días después, un segundo impacto atómico en la ciudad de Nagasaki mató a 37.000 personas y causó heridas a otras 43.000. En conjunto, las dos bombas finalmente mataron una cantidad estimada de 200.000 civiles japoneses.

Entre los dos bombardeos, la Rusia Soviética se unió a los Estados Unidos en guerra contra Japón. Bajo fuerte presión estadounidense, Stalin rompió su tratado de no agresión de 1941 con Tokio. El mismo día que Nagasaki fue destruida, las tropas soviéticas comenzaron a filtrarse en Manchuria, arrollando a las fuerzas japonesas que había ahí. Aunque la participación soviética hizo poco o nada para cambiar el resultado militar de la guerra, Moscú se benefició enormemente de unirse al conflicto.

En una emisión desde Tokio al día siguiente, el 10 de agosto, el gobierno japonés anunció su disposición para aceptar la declaración británico-estadounidense de “rendición incondicional” de Postdam, “con el entendimiento de que dicha declaración no compromete ninguna demanda que perjudique los derechos de Su Majestad como Gobernante Soberano”.

Un día después llegó la respuesta estadounidense, que incluía estas palabras: “Desde el momento de la rendición la autoridad del Emperador y del Gobierno Japonés para gobernar el Estado estará sujeta al Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas”. Finalmente, el 14 de agosto, los japoneses formalmente aceptaron las provisiones de la declaración de Postdam y se anunció un “alto el fuego”. El 2 de septiembre, enviados japoneses firmaron el instrumento de rendición a bordo de la nave de batalla estadounidense Missouri en la Bahía de Tokio.

Un país derrotado

Aparte de las cuestiones morales involucradas, ¿fueron los bombardeos atómicos militarmente necesarios? Bajo cualquier criterio racional, no lo fueron. Japón ya había sido derrotado militarmente para junio de 1945. Casi nada quedaba de la una vez poderosa Armada Imperial, y la fuerza aérea de Japón había sido totalmente destruida. Contra una oposición únicamente simbólica, los aviones de guerra estadounidenses campaban a voluntad sobre el país, y los bombarderos estadounidenses hacían llover devastación en las ciudades, incesantemente reduciéndolas a cenizas.

Lo que quedó de las fábricas y talleres japoneses forcejeó irregularmente para obtener armas y otros bienes a partir de materias primas inadecuadas (los suministros de aceite no habían estado disponibles desde abril). Hacia julio, alrededor de un cuarto de todas las casas de Japón habían sido destruidas, y su sistema de transporte estaba cerca del colapso. La comida era tan escasa que la mayoría de los japoneses subsistían en una dieta de hambre.

La noche del 9 al 10 de marzo de 1945, una oleada de 300 bombarderos estadounidenses sacudió Tokio, matando a 100.000 personas. Soltando cerca de 1700 toneladas de bombas, los aviones de guerra asolaron la mayoría de la capital, quemando completamente más de 40 kilómetros cuadrados y destruyendo un cuarto de millón de estructuras. Un millón de residentes quedaron sin hogar.

El 23 de mayo, once semanas después, llegó el mayor ataque aéreo de la guerra del pacífico, cuando 520 bombarderos gigantes B-29 “Superfortress” descargaron 4500 toneladas de bombas incendiarias en el corazón de la ya devastada capital japonesa. Generando vientos huracanados, las explosiones de las bombas incendiarias arrasaron completamente el centro comercial de Tokio y las vías del ferrocarril, y consumieron el distrito de entretenimiento de Ginza. Dos días después, el 25 de mayo, un segundo ataque de 502 aviones “Superfortress” tronó a baja altura sobre Tokio, dejando caer 4000 toneladas de explosivos. En conjunto, estos dos ataques aéreos de B-29 destruyeron más de 140 kilómetros cuadrados de la capital japonesa.

Incluso antes del ataque a Hiroshima, el General de las fuerzas aéreas estadounidenses Curtis LeMay alardeó de que los bombarderos estadounidenses estaban “llevándolos [a los japoneses] de vuelta a la Edad de Piedra.” Henry H. (“Hap”) Arnold, Comandante General de las fuerzas armadas del ejército, declaró en sus memorias de 1949: “Siempre nos pareció que, con bomba atómica o sin bomba atómica, los japoneses ya estaban al borde del colapso.” Esto fue confirmado por el antiguo primer ministro japonés Fumimaro Konoye, quien dijo: “Fundamentalmente, lo que provocó la determinación de hacer la paz fueron los bombardeos prolongados de los B-29”.

Japón busca la paz

Meses antes del fin de la guerra, los líderes japoneses reconocieron que la derrota era inevitable. En abril de 1945 un nuevo gobierno encabezado por Kantaro Suzuki tomó la oficina con la misión de terminar la guerra. Cuando Alemania capituló a primeros de mayo, los japoneses entendieron que los británicos y los estadounidenses dirigirían ahora la furia completa de su imponente poder militar exclusivamente contra ellos.

Los oficiales estadounidenses, habiendo roto hacía tiempo los códigos secretos de Japón, sabían por mensajes interceptados que los líderes del país estaban buscando terminar la guerra en términos tan favorables como fuera posible. Los detalles de estos esfuerzos eran conocidos de comunicaciones secretas descodificadas entre el Ministro de Exteriores en Tokio y los diplomáticos japoneses en el exterior.

En su estudio de 1965, Diplomacia Atómica: Hiroshima y Postdam (pp. 107, 108), el historiador Gar Alperovitz escribe:

Aunque los tanteos japoneses de paz habían sido enviados tan pronto como en septiembre de 1944 (y hubo acercamientos con Chiang Kai-shek [de China] en la relación a las posibilidades de rendirse en diciembre de 1944), el verdadero esfuerzo para terminar la guerra comenzó en la primavera de 1945. Este esfuerzo acentuó el papel de la Unión Soviética […] 
A mediados de abril [de 1945] el Joint Intelligence Commitee [de Estados Unidos] informó de que los líderes japoneses estaban buscando una forma de modificar los términos de la rendición para terminar la guerra. El Departamento de Estado estaba convencido de que el Emperador estaba buscando activamente una manera de detener la lucha.

Un memorándum secreto

Fue sólo después de la guerra cuando el público estadounidense descubrió los esfuerzos de Japón para poner fin al conflicto. El reportero del Chicago Tribune Walter Trohan, por ejemplo, fue obligado por la censura del periodo de guerra a ocultar durante siete meses una de las historias de la guerra más importantes.

En un artículo que finalmente apareció el 19 de agosto de 1945 en la portada del Chicago Tribune y del Washington Times-Herald, Trohan reveló que el 20 de enero de 1945, dos días antes de su partida hacia el encuentro en Yalta con Stalin y Churchill, el presidente Roosevelt recibió un memorándum de 40 páginas del General Douglas MacArthur resumiendo cinco propuestas diferentes de rendición por parte de oficiales japoneses de alto nivel. (El texto de completo del artículo de Trohan se encuentra en el Journal del invierno de 1985 a 1986, pp. 508-521).

Esta memoria mostraba que los japoneses estaban ofreciendo términos de rendición virtualmente idénticos a los que finalmente aceptaron los estadounidenses en la ceremonia de rendición formal el 2 de septiembre; esto es, rendición completa de todo excepto de la persona del Emperador. Específicamente, los términos de estas propuestas de paz incluían:

· Rendición completa de todas las fuerzas y armas japonesas, en casa, en posesiones isleñas y en países ocupados.
· Ocupación de Japón y todas sus posesiones por las tropas aliadas bajo dirección estadounidense.
· Renuncia japonesa a todo el territorio conquistado durante la guerra, así como a Manchuria, Corea y Taiwan.
· Regulación de la industria japonesa para detener la producción de cualquier tipo de armas y otras herramientas de guerra.
· Liberación de todos los prisioneros de guerra y reclusos.
· Rendición de los designados como criminales de guerra.

¿Es auténtico este memorándum? Fue supuestamente filtrado a Trohan por el Almirante William D. Leahy, jefe de personal presidencial. (Ver: M. Rothbard en A. Goddard, ed., Harry Elmer Barnes: Learned Crusader [1968], pp. 327f.). El historiador Harry Elmer Barnes ha contado (en “Hiroshima: Ataque a un Enemigo Vencido”, National Review, 10 de mayo de 1958):

La autenticidad del artículo de Trohan nunca fue puesta en duda por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado, por una muy buena razón. Después de que el General MacArthur volviera de Corea en 1951, su vecino en las Torres Waldorf, el antiguo presidente Herbert Hoover, le dio el artículo de Trohan al General MacArthur y éste confirmó su exactitud en cada detalle y sin reservas.

Propuestas de paz

En abril y mayo de 1945, Japón hizo tres intentos a través de las neutrales Suecia y Portugal para llevar la guerra a un final pacífico. El 7 de abril, el Ministro de Exterior en funciones Mamoru Shigemitsu se reunió con el Embajador sueco Widon Bagge en Tokio, pidiéndole “averiguar qué términos de paz Estados Unidos y Gran Bretaña tenían en mente”. Pero él enfatizó que la rendición incondicional era inaceptable, y que “el Emperador no debe ser tocado”. Bagge transmitió el mensaje a Estados Unidos, pero el Secretario de Estado Stettinius le dijo al Embajador estadounidense en Suecia que “mostrase desinterés y no tomase ninguna iniciativa en pos del tema”. Otras señales de paz similares japonesas a través de Portugal, el 7 de mayo, y de nuevo a través de Suecia, el 10, resultaron igualmente infructuosas.

A mediados de junio, seis miembros del Supremo Consejo de Guerra de Japón le habían asignado secretamente al Ministro de Exteriores Shigenori Togo la tarea de aproximarse a los líderes de la Rusia Soviética “con vistas de terminar la guerra si es posible hacia septiembre”. El 22 de junio, el Emperador convocó una reunión del Supremo Consejo de Guerra, que incluía al Primer Ministro, al Ministro de Exteriores y a las figuras militares al mando. “Hemos oído suficiente de esta determinación vuestra de luchar hasta los últimos soldados”, dijo el Emperador Hirohito. “Deseamos que vosotros, los líderes de Japón, os esforcéis ahora para estudiar las formas y los enfoques para concluir la guerra. Haciendo esto, intentad no estar atados por las decisiones que habéis tomado en el pasado”.

Hacia primeros de julio, Estados Unidos había interceptado mensajes de Togo al Embajador japonés en Moscú, Naotake Sato, mostrando que el mismísimo Emperador estaba tomando parte personalmente en el esfuerzo por la paz, y había ordenado que se le pidiera ayuda a la Unión Soviética para terminar la guerra. Los oficiales estadounidenses también sabían que el obstáculo clave para terminar la guerra era la insistencia estadounidense en la “rendición incondicional”, una demanda que impedía cualquier negociación. Los japoneses estuvieron dispuestos a aceptar prácticamente todo, excepto abandonar a su semi-divino Emperador. Heredero de una dinastía de 2600 años de antigüedad, Hirohito era considerado por su gente como un “dios viviente” que personificaba a la nación. (Hasta la emisión de radio del 15 de agosto anunciando la rendición, los japoneses nunca había escuchado su voz). Los japoneses temían particularmente que los estadounidenses humillasen al Emperador e incluso lo ejecutaran como un criminal de guerra.

El 12 de julio, Hirohito convocó a Fumimaro Konoye, que había servido como Primer Ministro en 1940 y 1941. Explicando que “será necesario terminar la guerra sin demora”, el Emperador dijo que deseaba que Konoye asegurara la paz con los estadounidenses y los británicos a través de los soviéticos. Como el Príncipe Konoye más tarde rememoró, el Emperador le ordenó “asegurar la paz a cualquier precio, a pesar de su severidad”.

Al día siguiente, el 13 de julio, el Ministro de Exteriores Shigenori Togo contactó con el Embajador Naotake Sato en Moscú: “Reúnete con Molotov [Ministro de Exteriores soviético] antes de su marcha a Postdam [...] Transmítele el fuerte deseo de Su Majestad para asegurar una terminación de la guerra [...] La rendición incondicional es el único obstáculo a la paz.”

El 17 de julio, otro mensaje japonés interceptado reveló que, aunque los líderes de Japón sentían que la fórmula de la rendición incondicional implicaba una deshonra inaceptable, estaban convencidos de que “las exigencias del momento” hacían la mediación soviética para terminar la guerra absolutamente esencial. Más mensajes diplomáticos indicaron que la única condición pedida por los japoneses era la preservación de “nuestra forma de gobierno”. El único “punto difícil”, reveló un mensaje del 25 de julio, “es la... formalidad de una rendición incondicional”.

Resumiendo los mensajes entre Togo y Sato, la inteligencia naval estadounidense dijo que los líderes de Japón, “aunque todavía reacios al término rendición incondicional”, reconocían que la guerra estaba perdida, y habían alcanzado el punto donde “no tenían ninguna objeción a la restauración de la paz en base a la Carta del Atlántico [de 1941]”. Estos mensajes, dijo el Secretario Asistente de la Marina Lewis Strauss, “en verdad estipulaban únicamente que la integridad de la Familia Real Japonesa fuera preservada”.

El Secretario de la Marina James Forrestal calificó los mensajes interceptados como “verdadera evidencia del deseo japonés de salir de la guerra”. “Con la interceptación de estos mensajes”, en notas del historiador Alperovitz (p. 177), “no podría seguir habiendo ninguna duda real de las intenciones japonesas; las maniobras han sido manifiestas y explícitas y, por encima de todo, actos oficiales”. Koichi Kido, Sello Real del Señor de Japón y cercano consejero del Emperador, más tarde afirmó: “Nuestra decisión de buscar una forma de salir de la guerra fue tomada a principios de junio, antes de que ninguna bomba atómica hubiera sido lanzada y de que Rusia hubiera entrado en la guerra. Ya era nuestra decisión”.

A pesar de esto, el 26 de julio los líderes de Estados Unidos y Gran Bretaña publicaron la declaración de Postdam, que incluía este desalentador ultimátum: “Llamamos al gobierno de Japón a que proclame ahora la rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas y proporcione una seguridad apropiada y adecuada de buena fe en dicha acción. La alternativa para Japón es la rápida y absoluta destrucción”.

Comentando esta draconiana proclamación de blanco o negro, el historiador británico J.F.C. Fuller escribió: “Ni una palabra se dijo acerca del Emperador, porque habría sido inaceptable para las masas estadounidenses atiborradas con propaganda” (Una Historia Militar del Mundo Occidental [1987], p. 675).

Los líderes estadounidenses entendieron la desesperada posición de Japón: los japoneses estaban deseando terminar la guerra en cualesquiera términos, siempre y cuando no se importunara al Emperador. Si el liderazgo estadounidense no hubiera insistido en la rendición incondicional -esto es, si hubieran mostrado una voluntad de permitir al Emperador seguir en su lugar- los japoneses muy probablemente se habrían rendido inmediatamente, salvando así muchos miles de vidas.

La triste ironía es que, como en efecto ocurrió, los líderes estadounidenses decidieron de todas maneras mantener al Emperador como un símbolo de autoridad y continuidad. Se dieron cuenta, correctamente, de que Hirohito era útil para figurar como cabeza de su propia autoridad de ocupación en el Japón de posguerra.

Justificaciones

El presidente Truman defendió categóricamente su uso de la bomba atómica, reivindicando que “salvó millones de vida” al llevar la guerra a un rápido final. Justificando su decisión, fue tan lejos como para declarar: “El mundo tomará nota de que la primera bomba atómica fue lanzada en Hiroshima, una base militar. Eso fue porque deseábamos con este primer ataque evitar, en tanto como fuera posible, la muerte de civiles”.

Ésta fue una afirmación absurda. De hecho, casi todas las víctimas fueron civiles, y el United States Strategic Bombing Survey [un grupo de expertos reunidos para producir una evaluación y valoración imparcial de los efectos de los bombardeos anglo-estadounidenses durante la guerra] indicó en su informe oficial (publicado en 1946): “Hiroshima y Nagasaki fueron elegidas como objetivos por su concentración de actividades y población”.

Si la bomba atómica fue lanzada para impresionar a los líderes japoneses con el inmenso poder destructivo de una nueva arma, esto podría haberse conseguido detonándola en una base militar aislada. No era necesario destruir una gran ciudad. Y cualquiera que fuera la justificación para la explosión de Hiroshima, es todavía más difícil defender la segunda bomba de Nagasaki.

Aun así, la mayoría de los estadounidenses aceptaron, y continúan aceptando, las justificaciones oficiales para los bombardear. Acostumbrados a burdas representaciones propagandísticas de los “Japs” como virtualmente bestias infrahumanas, la mayoría de los estadounidenses de 1945 daban la bienvenida de corazón a cualquier nueva arma que aniquilase más de estos detestados asiáticos, y que ayudara a vengar el ataque japonés en Pearl Harbor. Para los estadounidenses jóvenes que estuvieron luchando contra los japoneses en amargo combate, la actitud era “Gracias a Dios por la bomba atómica”. Casi todos estaban agradecidos por una arma cuya utilización parecía haber puesto fin a la guerra y, por tanto, les permitía volver a casa.

Tras la destrucción de Hamburgo en una tormenta de fuego en 1943, el holocausto de Dresden de mitad de febrero de 1945 y los bombardeos con bombas incendiarias de Tokio y otras ciudades japonesas, los líderes estadounidenses -como el General del Ejército Estadounidense Leslie Groves comentó después- “estaban insensibilizados al asesinato masivo de civiles”. Para el presidente Harry Truman, la matanza de decenas de miles de civiles japoneses simplemente no fue una consideración en su decisión de usar la bomba atómica.

Voces críticas

En mitad del general clamor de entusiasmo, había algunos que tenían serios recelos. “Somos los herederos del manto de Genghis Khan”, escribió el redactor de editorial del New York Times Hanson Baldwin, “y de todos aquellos que en la historia han justificado el uso de la absoluta crueldad en la guerra”. Norman Thoman llamó a Nagasaki “la mayor atrocidad individual de una guerra muy cruel”. Joseph P. Kennedy, padre del presidente, quedó igualmente horrorizado.

Una destacada voz del protestantismo estadounidense, Christian Century, condenó fuertemente los bombardeos. Un editorial titulado “La Atrocidad Atómica de América” en la publicación del 29 de agosto de 1945 le decía a los lectores:

La bomba atómica fue usada en un momento en el que la marina de Japón estaba hundida, su fuerza aérea virtualmente destruida, su tierra natal rodeada, sus suministros cortados y nuestras fuerzas preparadas para el golpe final […] Nuestro líderes parecen no haber sopesado las consideraciones morales implicadas. Tan pronto como la bomba estaba lista fue enviada sin dilación al frente y lanzada sobre dos ciudades indefensas […] Puede decirse justamente que la bomba atómica ha golpeado a la propia cristiandad […] Las iglesias de Estados Unidos deben desvincularse a sí mismas y a su fe de este acto inhumano e insensato del Gobierno Americano.
Una destacada voz católica estadounidense, Commonweal, tomó una vista similar. Hiroshima y Nagasaki, editorializó la revista, “son nombres para la culpa y vergüenza estadounidense”.

El Papa Pío XII, asimismo, condenó los bombardeos, expresó en un punto de vista en línea con la tradicional posición católica romana que “cada acto de guerra dirigido a la destrucción indiscriminada de ciudades enteras o vastas áreas con sus habitantes es un crimen contra Dios y hombre”. El periódico del Vaticano Osservatore Romano comentó en su publicación del 7 de agosto de 1945: “Esta guerra proporciona una catastrófica conclusión. Increíblemente esta arma de destrucción queda como una tentación para la posteridad que, como sabemos por amarga experiencia, aprende muy poco de la historia”.
Voces con autoridad en desacuerdo

Los líderes estadounidenses que estaban en posición de conocer los hechos no creían, ni en el momento ni después, que los bombardeos atómicos fueran necesarios para terminar la guerra.

Cuando fue informado a mediados de julio de 1945 por el Secretario de Guerra Henry L. Stimson de la decisión de usar la bomba atómica, el General Dwight Eisenhower quedó profundamente preocupado. Reveló sus fuertes reservas acerca de utilizar la nueva arma en sus memorias de 1963, Los Años de la Casa Blanca: Mandato para el Cambio, 1953 – 1956 (pp. 312-313):

Durante su [de Stimson] recitación de hechos relevantes, he sido consciente de un sentimiento de depresión y por ello le comenté mis serios recelos, primero, en base a mi opinión de que Japón ya estaba derrotado y de que el lanzamiento de la bomba era completamente innecesario y, segundo, porque pensé que nuestro país debería evitar escandalizar a la opinión del mundo por el uso de un arma cuyo empleo ya no era, en mi opinión, obligatorio como medida para salvar vidas estadounidenses. Era mi opinión que Japón estaba, en ese mismo momento, buscando alguna manera de rendirse con una mínima pérdida de respeto.
“Los japoneses estaban preparados para rendirse y no era necesario golpearlos con esa cosa espantosa […] Odié ver a nuestro país ser el primero en usar tal arma”, dijo Eisenhower en 1963.

Poco después del “V-J Day” (día de la victoria sobre Japón), el final de la guerra del Pacífico, el General de Brigada Bonnie Fellers resumió en un memorándum para el General MacArthur: “Ni el bombardeo atómico ni la entrada de la Unión Soviética en la guerra forzaron la rendición incondicional de Japón. Estaba derrotado antes de que ninguno de estos eventos tuviera lugar”.

Igualmente, el Almirante Leahy, Jefe de Personal de los presidentes Roosevelt y Truman, más tarde comentó:

Mi opinión es que el uso del arma brutal en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón […] Los japoneses ya estaban derrotados y preparados para rendirse debido al efectivo bloqueo marítimo y el exitoso bombardeo con armas convencionales […] Mi impresión personal fue que siendo los primeros en usarla habíamos adoptado un estándar ético propio de los bárbaros de la Edad Oscura. A mí no me enseñaron a hacer guerra de esa manera, y las guerras no pueden ganarse destruyendo mujeres y niños.
Si los Estados Unidos hubieran tenido la voluntad de esperar, dijo el Almirante Ernest King, Jefe de Operaciones Marítimas de los Estados Unidos, “el efectivo bloqueo naval habría, en el transcurso del tiempo, drenado a los japoneses a la sumisión a través de la falta de aceite, arroz, medicinas y otros materiales esenciales”.

Leo Szilard, un científico húngaro de nacimiento que jugó un papel importante en el desarrollo de la bomba atómica, discutió en contra de su uso. “Japón estaba esencialmente derrotado”, dijo, y “sería un error atacar sus ciudades con bombas atómicas como si las bombas atómicas fueran simplemente otra arma militar”. En un artículo de una revista de 1960, Szilard escribió: “Si los alemanes hubieran lanzado bombas atómicas en ciudades en vez de nosotros, habríamos definido el lanzamiento de bombas atómicas en ciudades como un crimen de guerra y habríamos sentenciado a los alemanes culpables de este crimen a muerte en Nuremberg y los habríamos colgado”.

El veredicto del United States Strategic Bombing Survey

Después de estudiar este asunto en gran detalle, el United States Strategic Bombing Survey rechazó la idea de que Japón se rindiera a causa de los bombardeos atómicos. En su informe autorizado de 1946, la Inspección concluyó:

Las bombas de Hiroshima y Nagasaki no derrotaron a Japón, ni por el testimonio de los líderes enemigos que terminaron la guerra persuadieron a Japón para aceptar la rendición incondicional. El Emperador, el Sello Real del Señor, el Primer Ministro, El Ministro de Exteriores y el Ministro de la Marina habían decidido tan pronto como en mayo de 1945 que la guerra debería ser terminada incluso si eso significaba la aceptación de la derrota en términos aliados […]

La misión del gobierno de Suzuki, designado el 7 de abril de 1945, era hacer la paz. La apariencia de negociación de términos menos onerosos que la rendición incondicional se mantenía para contener los elementos militares y burocráticos todavía determinados a una defensa Bushido final, y quizás más importante para obtener la libertad de crear la paz con un mínimo de peligro personal y obstrucción interna. Parece claro, sin embargo, que en última instancia los encargados de hacer la paz aceptarían la paz, y la paz en cualesquiera términos. Éste fue el punto esencial del consejo dado a Hirohito por el Jushin en febrero, la conclusión declarada de Kido en abril, la razón subyacente de la caída de Koiso en abril, el mandato específico del Emperador a Suzuki de convertirse en primer ministro, que era conocida por todos los miembros de su gabinete […]

Las negociaciones para que Rusia intercediera comenzaron a principios mayo de 1945 en ambas Tokio y Moscú. Konoye, el emisario previsto por los soviéticos, declaró a la Inspección que mientras aparentemente el estaba allí para negociar, recibió instrucciones directas y secretas del Emperador para asegurar la paz a cualquier precio, sin importar su severidad […]

Parece claro […] que la supremacía aérea y su posterior explotación sobre Japón fue el principal factor que determinó el momento de la rendición de Japón y eliminó cualquier necesidad de invasión.

Basándose en una investigación detallada de todos los hechos y apoyándose en el testimonio de los líderes japoneses supervivientes involucrados, es la opinión de la Inspección que ciertamente antes del 31 de diciembre de 1945 y con toda probabilidad antes del 1 de noviembre de 1945 [la fecha de la planeada invasión estadounidense], Japón se habría rendido incluso si las bombas atómicas no hubieran sido lanzadas, incluso si Rusia no hubiera entrado en la guerra, e incluso si ninguna invasión hubiera sido planeada o contemplada.

Puntos de vista históricos

En un estudio de 1986, el historiador y periodista Edwin P. Hoyt dio en el clavo del “gran mito, perpetuado por gente bienintencionada a lo largo del mundo”, de que “la bomba atómica causó la rendición de Japón”. En La Guerra de Japón: El Gran Conflicto del Pacífico (p. 420), explicó:

El hecho es que en lo que a los militares japoneses concierne, la bomba atómica fue sólo otra arma. Las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki fueron la guinda del pastel, y no hicieron tanto daño como los bombardeos con bombas incendiarias de las ciudades japonesas. La campaña de bombardeos con bombas incendiarias de los B-29 había traído la destrucción de 3.100.000 hogares, dejando a 15 millones de personas sin hogar, y matando alrededor de un millón de ellas. Fue el inexorable bombardeo incendiario, y el hecho de que Hirohito se diera cuenta de que si fuera necesario los Aliados destruirían Japón por completo y matarían a cada japonés para conseguir “rendición incondicional” lo que le persuadió para tomar la decisión de terminar la guerra. La bomba atómica es en verdad un arma aterradora, pero no fue la causa de la rendición de Japón, a pesar de que el mito persiste incluso hasta el día de hoy.
En un nuevo e incisivo libro, La Decisión de Lanzar la Bomba Atómica (Praeger, 1996), el historiador Dennis D. Wainstock concluye que los bombardeos fueron no sólo innecesarios, sino que estuvieron basados en una política vengativa que de hecho dañó los intereses estadounidenses. Escribe (pp. 124, 132):

[…] Hacia abril de 1945, los líderes de Japón se dieron cuenta de que la guerra estaba perdida. Su principal obstáculo para rendirse fue la insistencia de los Estados Unidos en la rendición incondicional. Necesitaban saber específicamente si los Estados Unidos permitirían a Hirohito permanecer en el trono. Temían que los Estados Unidos lo destituyeran, lo procesaran como a un criminal de guerra o incluso lo ejecutaran […]
La rendición incondicional fue una política de venganza, y dañó el propio interés nacional de Estados Unidos. Prolongó la guerra en ambos Europa y el este de Asia y ayudó a expandir el poder soviético en esas áreas.
El General Douglas MacArthur, Comandante de las Fuerzas del Ejército de los Estados Unidos en el Pacífico, manifestó en numerosas ocasiones antes de su muerte que la bomba atómica fue completamente innecesaria desde un punto de vista militar: “Mi personal era unánime en creer que Japón estaba en el punto de colapso y rendición”.

El General Curtis LeMay, que había sido pionero en bombardeo selectivo en Alemania y Japón (y quien más tarde encabezó el Comando Estratégico Aéreo y sirvió como Jefe de Personal de la Fuerza Aérea), lo puso de la forma más sucinta: “La bomba atómica no tuvo nada que ver con el final de la guerra”.

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De The Journal of Historical Review, mayo-junio de 1997 (Vol. 16, No. 3), páginas 4-11.
Enlace al artículo original en inglés Was Hiroshima Necessary?
Artículo original por Mark Weber ©. Traducción por Jesús Díez ©.