En torno a las ocho de la mañana bajamos a desayunar en el comedor del hotel. El desayuno tiene muy buen precio e incluye una importante y deliciosa variedad de alimentos; entre ellos, sopa de miso, pescado, arroz, tofu y té verde. Y natto, claro.

Desayuno en el hotel de Tokyo.

Desayuno en el hotel de Tokyo.

Hoy partimos hacia Kyoto. Hemos retrasado la salida dos horas para poder visitar nuevamente la oficina de JR en un último intento por obtener nuestro JRP. Antes de salir, bajamos el equipaje a recepción, donde amablemente nos lo guardarán varios días mientras visitamos otras ciudades, hasta que regresemos a Tokyo el viernes. Incluso nos guardan el queso en el frigorífico (ya que uno de los envases al vacío se ha pinchado en algún momento).

Gel, champú y acondicionador Shiseido en la habitación del hotel de Tokyo.

Ueno, Tokyo.

Definitivamente, en la oficina JR de Shinjuku nos confirman que es imposible obtener nuestro JRP, o uno nuevo. Entre la visita a la oficina y los trayectos en metro salimos de Tokyo alrededor de las 11.15 h.

Yodobashi-Akiba (desde el metro), el centro comercial de electrónica más grande del mundo.

Cartel del metro que habla por sí mismo.

El viaje hasta Kyoto es tremendamente cómodo. Algo más de dos horas en shinkansen, con asientos amplios y cómodos, enchufes y otros servicios, como reposabrazos en la ventanilla.

Shinkansen.

Interior del shinkansen.

Reposabrazos en la ventana del shinkansen. Nos llevan años de ventaja.

El segundo desayuno.

Antes de salir del vagón, la pantalla nos indica en qué lado se abrirá la puerta.

Vistas desde el shinkansen.

Llegamos a la estación de Kyoto y damos un paseo rápido por las tiendas de dulces, obento y recuerdos, aprovechando la ocasión para comprar la comida.

Tiendas en la estación de Kyoto.

Grullas y otros recuerdos en la estación de Kyoto.

Detalle de algunos artículos en las tiendas de la estación de Kyoto.

Estación de Kyoto.

La modificación del plan implica ir al hotel, a unos 15 minutos andando, comer y empezar directamente por Kinkakuji. Una de las visitas que hemos sacrificado por la mañana es la del castillo de Nijo si bien, debido al horario especial de primavera, optamos por mover la visita a la tarde-noche, con iluminación, aprovechando que casi todo lo demás está cerrado.

Torre de Kyoto.

Las latas, las botellas de cristal y las de plástico son amigas en esta papelera.

Kyoto-Yodobashi.

En esta manzana estaba el hotel en el que me alojé en el viaje anterior. Ahora comprendo por qué mis intentos de contactar con él no dieron fruto: se ha convertido en un Yodobashi.

Kyoto-Yodobashi y la torre de Kyoto.

Un semáforo aoi. ¿Azul o verde?

El imponente Higashi Honganji y la fuente-flor de loto frente a él.

El hotel se encuentra a escasos metros del templo budista Higashi Honganji. Por ahora sólo lo vemos de pasada exteriormente, ya que la visita completa será el último día.

En este caso, nos alojamos en el Matsubaya ryokan, un lugar muy recomendable. Habitaciones tradicionales con baño privado, wifi, té en la habitación y otra serie de comodidades, además de la gran amabilidad del personal.

Entrada al Matsubaya ryokan, en Kyoto.

Matsubaya ryokan, en Kyoto.

Instrucciones para preparar el futón y ponerse el yukata.

Instrumental para preparar y degustar té, cortesía del ryokan.

Zapatillas exclusivas para el baño.

Tras instalarnos en la habitación, nos disponemos a comer los nigiri y obento que previamente hemos comprado en la estación.

Nigiri.

Nigiri.

Nigiri.

Bote pequeño y bote minúsculo de salsa de soja.

Salimos del hotel en busca de un taxi que nos lleve hasta Kinkakuji, el templo dorado (y una de las visitas más hermosas de Kyoto). Es la única manera de compensar el tiempo invertido en Tokyo en el JRP. Afortunadamente, éstas serán las últimas consecuencias.

Tienda enfrente del ryokan.

Tanuki enfrente del ryokan.

Llegamos a Kinkakuji aproximadamente a las cuatro menos cuarto. Sus acogedores jardines nos reciben y nos guían hasta el templo, preparándonos para lo que está por venir.

Entrando a Kinkakuji, en Kyoto.

Campana entrando a Kinkakuji.

Si sólo hubiera que visitar tres lugares en Kyoto, en mi opinión Kinkakuji sería sin duda uno de ellos (los otros dos serían, para quien pueda estar interesado, Sanjusangendo y Fushimi Inari). Aunque, desde luego, merece la pena visitar más de tres sitios en una ciudad tan bella.

Kinkakuji es majestuoso e imponente. Sobrecogedor. Magnífico. Su mera contemplación es un placer exquisito que nos puede abstraer fácilmente del flujo del tiempo sin que nos demos cuenta, meciéndonos en tan hermoso escenario.

Kinkakuji, el templo dorado.

Nos dejamos embaucar sin oponer resistencia alguna. Esta impresión viene resaltada por las visitas del día anterior: rascacielos, luces, grandes cruces y avenidas... El Tokyo más tecnológico, moderno y urbano. El contraste es inmenso.

Kinkakuji.

Los jardines de Kinkakuji.

Quiero insistir en el sentimiento que me provocó Kyoto la primera vez que la visité, y que sigue vivo todavía. El mero hecho de estar en los jardines del castillo de Nijo, o de Kinkakuji, o de Heian Jingu, resulta en una paz difícil de explicar, en un gran sentimiento de tranquilidad, de calma, de pureza. Me cito a mí mismo, en una entrada anterior:

"Paseando por los preciosos jardines del castillo, o de algunos templos, o por algunos parques... uno tiene la sensación de estar viviendo una fantasía real. Sólo pensar que alguien tiene esto a 20 minutos de su casa, que puede ir ahí cualquier día a pasar la tarde, a dar un paseo tranquilo, a leer, a escribir, a escuchar, a sentir... Junto a los estanques, frente a las cascadas, entre los cerezos, con ese sentimiento de ser uno con el mundo... No uno por encima del mundo, ni uno poseyendo al mundo, simplemente uno con la naturaleza, en paz y armonía. Es un verdadero privilegio, un lujo."


Kinkakuji.

Los jardines de Kinkakuji.

Los jardines de Kinkakuji.

La entrada cuesta 400 ¥ y el templo está abierto de 9.00 h a 17.00 h (aunque, como en la mayoría de los sitios, el acceso se cierra media hora antes del cierre). Antes de salir encontramos una interesante tienda con gran variedad de artículos y la posibilidad de tomar un té verde en el tatami del edificio contiguo.

Los jardines de Kinkakuji.

No nos queda más remedio que salir de allí con relativa premura puesto que queremos llegar al cercano Ryoanji, el Templo del Dragón Pacífico y Tranquilo, y la hora de cierre está demasiado próxima. Afortunadamente, llegamos justo a tiempo para visitar el templo y su famoso karesansui (jardín seco japonés).

Maqueta del karesansui de Ryoanji.

Salón Hojo y sus paneles en Ryoanji.

Jardines de Ryoanji.

El karesansui de Ryoanji, con un total de 15 piedras distribuidas en grupos, es un misterio para muchos. Fue construido a finales del siglo XV y nada se sabe de las intenciones de su creador, por lo que se han llevado a cabo incluso estudios científicos para determinar por qué resulta tan placentera su contemplación. En el caso del estudio llevado a cabo en 2002 por la Universidad de Kioto, la conclusión es que esconde la forma de un árbol que percibimos subconscientemente. Desde luego, no es la única interpretación, aunque sí la única (que yo sepa) resultante de un estudio científico.

Karesansui de Ryoanji.

Completamos la visita con un tranquilo y amplio paseo por los jardines del templo que, como es habitual en Japón, incluyen lago, torii, cerezos e incluso pequeñas cascadas. Un precioso paraje lleno de paz.

Fuente en los jardines de Ryoanji.

Jardines de Ryoanji.

Torii en los jardines de Ryoanji.

Piedras con babero en los jardines de Ryoanji.

Lago en los jardines de Ryoanji.

Sakura en los jardines de Ryoanji.

Camino tras una puerta cerrada en los jardines de Ryoanji.

Jardines de Ryoanji.

Jardines de Ryoanji.

Cascada en los jardines de Ryoanji.

Pagoda en los jardines de Ryoanji.

La tranquilidad se vuelve, por momentos, fascinación. Algunos árboles están florecidos (algo que echaremos de menos a lo largo de todo el viaje, con excepción del último día) y el entorno es una delicia mientras paseamos por los caminos. En algún momento notamos la mirada divertida y enternecida de una pareja japonesa que está en el lugar, sorprendida por nuestras muestras de afecto entre sonrisas bajo los cerezos de Kyoto. Aunque su expresión está llena de ternura y no hay en ella malicia ni reproche, esto me hace reparar en que, a lo largo de todo el viaje, apenas vemos este tipo de manifestaciones por parte de los japoneses. Quizás por ese motivo les llama especialmente la atención.

Jardines de Ryoanji.

Sakura en los jardines de Ryoanji.

Flores de sakura en los jardines de Ryoanji.

Tras media hora de paseo, nos sentamos unos minutos frente al lago, disfrutando plenamente tanto de las vistas como del silencio circundante.

Lago en los jardines de Ryoanji.

Lago en los jardines de Ryoanji (detalle).

Una visita muy recomendable. El precio de la entrada es de  500 ¥ y está abierto de 8.00 h a 17.00 h.

Sakura en los jardines de Ryoanji.

Tras salir del templo, damos un paseo por la zona y barajamos las diferentes posibilidades para llegar hasta nuestra próxima visita, el castillo de Nijo. Finalmente optamos por utilizar el tranvía con posterior paseo, no sin antes recibir la sugerencia de un muchacho degustando un helado -y extendiéndolo por su barba-, aconsejándonos el autobús.

Saliendo de Ryoanji.

Saliendo de Ryoanji.

Tienda de artículos diversos.

Tienda de artículos diversos.

Flores azules.

Vías de la línea JR que va a Arashiyama.

Tranvía en Kyoto.

Tranvía en Kyoto.

Paseando, ya de noche, hacia el castillo de Nijo.

Alcantarilla de Kyoto.

Divertidos animalitos nos acompañan en el camino.

Divertidos animalitos nos acompañan en el camino.

Representación de los kanji de fuego en la montaña.

Exterior y foso del castillo de Nijo.

Antes de llegar, nos detenemos en unos servicios. Como podemos ver en la imagen, son de los tradicionales.

Ya completamente inmersos en la noche, recorremos a pie todo el lateral del castillo de Nijo hasta llegar a su entrada.

Con motivo del florecimiento de los cerezos, todos los años por estas fechas abren varios lugares por la tarde-noche de manera excepcional. Entre ellos, el castillo de Nijo y el templo Kiyomizudera. Se añade una iluminación especial así como algunos otros eventos, como pronto vamos a descubrir.

Exterior del castillo de Nijo.

Exterior del castillo de Nijo.

La iluminación del interior crea un ambiente especialmente acogedor y cálido. Los árboles y sus flores resaltan con vigor entre la oscuridad de los caminos, bañados por las luces colocadas a conciencia, reflejándose en el agua o en las murallas.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

En ocasiones, desearíamos que el frío no hubiera retrasado el florecimiento de los cerezos. De esa manera, imágenes como la siguiente serían absolutamente espectaculares.

Interior del castillo de Nijo.

Peculiares exposiciones acompañan la visita.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Visitar el castillo de noche con la iluminación es, sin lugar a dudas, una experiencia fantástica. Sin embargo, algunas zonas del castillo están cerradas y no se pueden visitar, por lo que una visita de día es un estupendo complemento.

El lugar nos deja fascinados con sus luces y sombras.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Al dirigirnos hacia el exterior, encontramos algunos cerezos bien florecidos, lámparas y caminos que nos guían por el resto de la visita.

Sakura en el interior del castillo de Nijo.

Lámparas en el interior del castillo de Nijo.

Lámpara en el interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Interior del castillo de Nijo.

Tras ello, y pensando que ya hemos terminado la visita, salimos a un lugar inesperado.

Fin de la visita y entrada a...

Las lámparas nos marcan el camino.

Encontramos un mercado dentro del propio castillo. El ambiente es maravilloso y los puestos tienen comida de casi todo tipo, incluyendo raíces de loto (bastante ricas, por cierto). En todos los puestos nos ofrecen algo para probarlo, con suma amabilidad y disposición. El escenario recuerda intensamente a la película de animación "El Viaje de Chihiro".

Inesperado mercado nocturno en el castillo de Nijo.

Tras unos minutos indagando por los puestos y descansando en los bancos centrales, Mai percibe un sonido que nos guía hasta uno de los edificios contiguos, donde se está celebrando un concierto de koto. Descubriremos que no le queda mucho para terminar; no obstante, disfrutamos ampliamente de dos o tres piezas en lo que supone un excelente colofón a la visita.

Inesperado concierto de koto en el castillo de Nijo.

Inesperado concierto de koto en el castillo de Nijo.

Inesperado concierto de koto en el castillo de Nijo.

Salimos del castillo y tomamos el metro hacia la zona de Pontocho, donde vamos a cenar.

Entrando al metro de Kyoto.

Metro de Kyoto.

En el metro de Kyoto existe una importante separación entre el andén y las vías, en forma de mampara y puertas, que protege de posibles accidentes.

Metro de Kyoto.

Salida del metro de Kyoto.

Taberna española en Kyoto.

Desde la salida del metro se puede ver, al otro lado del río Kamo, Pontocho. Es uno de los lugares con más ambiente nocturno de Kyoto, y con una enorme variedad de opciones para cenar, desde restaurantes baratos hasta otros exclusivos y caros. Nuestro objetivo es el Issian Pontocho.

Pontocho está al otro lado del río.

Pontocho.

Pontocho.

Pontocho.

Llegar a Issian Pontocho desde el metro es tremendamente sencillo, pero las indicaciones que llevamos no son suficientemente precisas, así que optamos por preguntar. Una amable japonesa que no parece reconocer el nombre del lugar nos dirige a un callejón sin salida, bastante inquietante. Comprobamos que no está el restaurante y salimos de nuevo a la calle principal, para volver a encontrárnosla.

Antes esto, decidimos preguntar a dos chicos japoneses que pasan por allí. Tampoco parecen conocer el lugar, pero cogen el mapa y el navegador de su móvil y comienzan a recorrer las calles mirando a todas partes y preguntando a la gente a su paso, mientras, tras preguntarnos de dónde somos, van lanzando expresiones en italiano de tanto en tanto. Su determinación desinhibida y sus formas -lejos de los protocolos japoneses a los que nos hemos ido acostumbrando- me llaman la atención significativamente. Eso sí, no cejan en el propósito hasta que nos llevan a la misma puerta del local. Allí, uno de ellos comienza a repetir "rauru gonzarezu", como si debiéramos entenderlo. Entonces simula una patada... Claro. "Raúl González".

Pontocho.

Pontocho.

Tras despedirnos de nuestros guías improvisados por Pontocho, entramos en el restaurante, únicamente para comprobar que está completo (a pesar de que, recordemos, es lunes), y que tendríamos que esperar en torno a 40 minutos para cenar ahí. Es un sitio muy popular y no permite reservas. Decidimos buscar otro lugar y dejar la puerta abierta a volver otra de las noches que pasaremos aquí. Volveremos, y cenaremos, pero de eso hablaremos en la entrada correspondiente.

En una calle contigua y perpendicular, decidimos adentrarnos en uno de los restaurantes al ver la carta en la puerta. La entrada es confusa, y nos dirige mucho más allá de dónde se encuentra el restaurante. Para ser exacto, más arriba. Nos dejamos llevar por la aventura y tras subir varias plantas el ascensor nos transporta hasta un restaurante de lo más particular, regentado por japoneses y con comida no japonesa.

.Ensalada con queso y jamón serrano.

Pollo con salsa de tomate.

El sabor de la comida es bueno y el precio adecuado, aunque la cantidad es algo escasa. El servicio es muy bueno, con la atención y disposición características del país nipón (aunque tardan un buen rato en servirnos los platos).

Una japonesa se sienta en la barra conversando implacablemente con el que parece ser el propietario -haciendo nacer miles de posibles historias al respecto en nuestra imaginación-, que corresponde, mientras que un joven camarero atiende las mesas. A lo largo de la velada nos preguntan si vivimos en Japón, pues les parece que manejamos los palillos con mucha soltura.

Tras despedirnos con mucha amabilidad, volvemos al metro. En el camino compramos algunos suministros para tomar algo más antes de ir a dormir en caso de que nos dé hambre.

El río Kamo y Pontocho.

Un último bocado antes de ir a dormir.

Es hora de descansar, pues mañana será un día muy intenso, seguramente el más exprimido de todo el viaje. Y empezará con levantarnos a las 4.30 h. Hoy, nos acostamos a las 23.30 h.

Comments (4)

On 17 de octubre de 2012, 21:13 , Ucronía dijo...

Una narración preciosa, que refleja a la perfección la intensa paz de lo vivido. Gracias :)

 
On 17 de octubre de 2012, 21:31 , Jesús Díez García dijo...

Gracias a ti =)

 
On 20 de octubre de 2012, 8:45 , Anónimo dijo...

Yo estoy acá en Japón ya hace varios días y me ha parecido increíble, es muy seguro, súper limpio y ordenado, me encanta. Saludos y que sigas disfrutando!!!

 
On 20 de octubre de 2012, 13:01 , Jesús Díez García dijo...

Me alegro de que estés disfrutando la experiencia. ¡Pásalo genial!